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Producen medicamentos para personas sanas
 
Estar sanos no es negocio
El libro que el periodista australiano Ray Moynihan y el investigador canadiense Alan Cassels escribieron en 2005 es un texto cuyo contenido podría haber generado ruido - por lo menos en Chile – hace recién un par de años atrás: el negocio que gira en torno a los medicamentos.
 
Carla González C.

Para algunos no es más que un libro amarillista, sensacionalista y conspiratorio. Para otros en cambio, una certeza que se ha tratado de ocultar por mucho tiempo y para países como Chile, una verdad que se va olvidando hasta que otra vez aparezca en los noticiarios.

“Medicamentos que nos enferman (e industrias farmacéuticas que nos convierten en pacientes)” es un libro que con su puro título lo dice todo y que cuyo contenido se gestó a partir de las declaraciones que entregó hace más de tres décadas el director ejecutivo de Merck (líder en productos farmacéuticos), Henry Gadsen quien afirmó en una entrevista para la revista Fortune “que le disgustaba que los mercados potenciales de la compañía se hubieran limitado a personas enfermas”.

A lo anterior, sumó ideas como aquella que menciona que “durante mucho tiempo había soñado con fabricar medicamentos para gente sana, ya que de ese modo, Merck habría podido vender a todo el mundo”.
 
“Los problemas triviales se venden como graves enfermedades, de modo que la timidez se convierte en fobia social y una tensión premenstrual, en un trastorno mental denominado trastorno disfórico premenstrual. Los problemas sexuales normales se ven como disfunciones sexuales, el cambio natural de la vida es una enfermedad de deficiencia hormonal llamada menopausia, y los empleados distraídos ahora sufren un trastorno por déficit de atención”. (Extracto del libro “Medicamentos que nos enferman”).

De esta manera, aseguran los autores del libro, las empresas farmacéuticas comenzaron a crear fármacos que no sólo buscaran restablecer la salud de las personas afectadas por alguna patología, sino que también para todos aquellos que “pudieran estar enfermos”, la mayoría de las veces a causa de síntomas que mirados desde otra perspectiva pudieran resultar una amenaza para el bienestar en un individuo.

Por otro lado – y quizás más grave aún – esta investigación revela la supuesta colusión entre algunos médicos y los laboratorios, los que en una especie de juego macabro han creado estrategias para así insertar en el mercado, fármacos que no están probados de manera seria y que en la realidad no serían útiles (o su efectividad sería mínima), pero que de todas formas se ofrecen bajo cifras engañosas y estudios de dudosa reputación en los que se manejarían números a conveniencia o derechamente se obviarían los verdaderos resultados.

“La ocultación de estudios desfavorables sobre los niños y los antidepresivos, los peligros de los fármacos contra la artritis y las investigaciones sobre los presuntos sobornos a médicos italianos y norteamericanos son sólo la última novedad de una sarta de bochornosos eventos”, relatan sus autores.

Y ni hablar de las coimas que recibirían los profesionales de la salud, donde altos honorarios y comisiones, celulares de último modelo, viajes al extranjero e incluso el reparto gratuito de pizzas y rosquillas serían parte de lo que llaman “un estilo de vida”.

Uno de los ejemplos más notables que este libro detalla, es el que se refiere a los niveles en los que se ha fijado el colesterol, problema que hoy afecta a millones de personas y que según el libro, “para los vendedores de pastillas, promover este temor (el de las consecuencias que puede traer el colesterol alto) ha tenido una copiosa recompensa”.

Los reportes que ha traído la venta de estos fármacos cada vez son más grandes y esto se debe a que los pacientes catalogados como individuos con colesterol alto han aumentado notablemente. Al respecto, los autores de esta investigación afirman que así como con otras enfermedades, los niveles de colesterol son revisados constantemente y “como con cualquier estado de salud, la definición se ha ido ampliando para considerar enferma a más gente sana”.

En palabras simples, si hace años tener el colesterol alto significaba estar por sobre los 240 mg/dl, luego este nivel fue disminuido a 220 mg/dl y más recientemente bajó a 200 mg/dl (para así seguramente captar a más pacientes). Hoy en cambio, ya es motivo de preocupación estar en los 180 mg/dl. Con esto, se hace válida la pregunta: ¿la constante baja de estas cifras será sinónimo de una real preocupación por la salud de la población que cada vez se cuida menos o de – claramente - haberle “pegado el palo al gato”?

Una de las entrevistadas en esta publicación es la doctora Lisa Schwartz quien dice que “hemos amedrentado a la gente y los medicamentos ofrecen una solución fácil para hacer algo al respecto… El colesterol se ha convertido en una enfermedad (cuando realmente es un factor de riesgo) y puedes definir el éxito de un tratamiento por el hecho de haber reducido el nivel de colesterol, como si el colesterol en sí mismo fuera un problema”.

Por otro lado, la depresión, la menopausia, el déficit atencional y la hipertensión – y su etiqueta correspondiente (“enfermedad”) - también son cuestionadas en este libro, en la que sus autores dicen que, en el caso de la depresión, los fármacos que se utilizan para su tratamiento tendrían efectos secundarios tan importantes como “generar problemas sexuales, reacciones graves de abstinencia y un aparente aumento de sufrir comportamiento suicida entre los jóvenes” y cuya ventana no sería tan extraordinaria si la comparamos con, por ejemplo, el placebo o las pastillas de azúcar.

Con respecto a la menopausia, Moynihan y Cassels cuentan cómo a través de ciertas publicaciones, se vendió hace unos años atrás una idea de climaterio aterradora y por la cual ninguna mujer quisiera atravesar. Así relatan que en una de las ediciones de la revista Parade del año 2000, publicaron “una lista aterradora de lo que aparentemente tienen por delante las mujeres tras la menopausia: enfermedad de Alzheimer, ataques al corazón, cáncer de colon, cataratas, pérdida de los dientes, sudores nocturnos, sequedad vaginal, fracturas óseas y mucho más”, invitando a sus lectoras a hablar con su médico.

Complementando esta información y algunas páginas más adelante, colocaron el testimonio de la actriz y ex modelo estadounidense Lauren Hutton, quien comentaba acerca del cuidado de la salud y por supuesto, las bondades del consumo de estrógenos. “Son buenos para tu ánimo, son buenos para tu piel”, aseguró. ¿El resultado?, una campaña muy efectiva para aumentar la venta de estos productos.

El tratamiento del déficit atencional también es cuestionado en “Medicamentos que nos enferman”, sobre todo por el uso del Ritalín, fármaco estrella para esta patología y que sin duda marcó a toda una generación que se vio enfrentada a los efectos secundarios de estas píldoras que prometían concentración y agudeza mental.

En los años ’70, un catedrático en sociología citado en esta publicación, dijo que el uso de drogas como ésta no era más que “otro ejemplo de la medicalización de los problemas humanos” y al respecto sostuvo: “la creciente tendencia a definir los sentimientos desagradables y los comportamientos conflictivos como una enfermedad que debe tratarse con fármacos” puede servir para entre otras cosas, “reducir la presión sobre la búsqueda de las verdaderas causas de las molestias experimentadas por los consumidores de fármacos”, agregando su inquietud por si “la adolescencia, al menos en mi comunidad, se estaba convirtiendo en una enfermedad”.

Por último, con respecto a la hipertensión – enfermedad que en Chile se está masificando – el texto cuenta acerca de cómo, tal como sucede con los niveles de colesterol alto, los índices que se manejan para catalogar a un individuo de hipertenso se revisan constantemente y claro, han ido disminuyendo con el paso del tiempo logrando que cada vez más pacientes tengan el riesgo de otras patologías y por eso deben prevenirlas tomando medicamentos.

Estos fármacos, relata el texto, son insertados en el público y también en la comunidad médica a través de discursos persuasivos (“trucos estadísticos”) que lo más probable es que terminen siendo efectivos en todos los casos. Una de las preguntas expuestas es la siguiente:



Aquí, aseguran los expertos, no hay respuesta correcta, pues todas hablan de lo mismo. “… a los médicos los engañamos de la misma manera todo el tiempo” asegura uno de los trabajadores de las farmacéuticas encargado de “sugerir” la receta de este tipo medicamentos.

Y, ¿qué dice la FDA al respecto? La Food and Drug Administration (FDA) es “el organismo gubernamental encargado de garantizar la seguridad y eficacia de los medicamentos” y por lo tanto sería la instancia donde todo el tema de los fármacos, su elaboración y utilización debieran ser reguladas de manera seria y profesional.

Sin embargo, y aquí arremeten nuevamente Moynihan y Cassels, quienes dicen que al “igual que con los médicos, los grupos de pacientes y las asociaciones de profesionales, la propia FDA se basa actualmente en una financiación parcial procedente de compañías farmacéuticas cuyos productos evalúan”.

Tanto Moynihan como Cassels aseguran que esta estrategia es una realidad y que ha reportado millonarias ganancias al mercado de los medicamentos. La idea, afirman, es “cambiar el modo en que las personas perciben sus dolencias más comunes y transformar los procesos naturales en afecciones médicas”, mereciendo todas ellas (calvicie, arrugas o problemas sexuales) una intervención profesional.

Lo anterior claramente tiene una relación directa con la incapacidad de empoderamiento de muchísimas personas, quienes se dejan llevar fácilmente - en este caso por la publicidad- entregando todo en manos de terceros, incluso su salud, sin cuestionar nada de lo que pueda presentarse ante sus ojos.

Al respecto, Ray Moynihan mencionó en una entrevista para la revista Discovery Salud que todas las conclusiones a las que llegó al momento de realizar la publicación están muy relacionadas con sus años estudiando materias relacionadas. “Llevo trabajando en temas de salud desde los ’90 en medios escritos y audiovisuales. Y desde el principio tuve muy claro que el marketing de las compañías farmacéuticas estaba distorsionando la práctica de la medicina”.

Para el periodista, no es que se inventen patologías, sino que “los límites que definen las enfermedades están siendo ampliados de forma inapropiada. Las compañías farmacéuticas y muchos médicos están involucrados en ese proceso con la finalidad de ampliar el número de visitas de los pacientes y construir nuevos mercados para los medicamentos”.
 
Punto Vital Julio 2012 ©
 
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