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Ser trabajólico puede ser un mecanismo de defensa
 

El trabajo: la razón de vivir

Tener la certeza de que lo laboral es lo más importante en la vida es uno de los errores que cometen los adictos al trabajo. La idea para ellos es sentirse héroes y dedicar todas las horas del día – y a veces de la noche – a redactar informes, desarrollar proyectos y mil y una cosa más, la mayoría de las veces sólo para sentirse valorados.
 
Carla González C.
 

Trabajar animosamente, sentirse comprometido con la empresa y disfrutar de cada una de las actividades que se realizan en la oficina es algo a lo que todos los trabajadores aspiran. Sin embargo, pasar horas “en la pega” sin tener la conciencia de que existen familia, amigos y una vida social detrás es algo que puede transformarse en algo grave.

Es así como a aquellas personas que pasan horas en el trabajo, que dejan de lado cumpleaños, fiestas y vacaciones y que incluso llegan a soñar con todo lo que les falta completar dentro de la oficina se les llama trabajólicos o adictos al trabajo, una afección que padecen muchos y que al contrario de lo que pudiera pensarse, no es para nada sinónimo de eficiencia o productividad.

Así lo menciona la psicóloga laboral Massiel Romero, quien comenta que los trabajólicos “son personas que destinan el día o el transcurso de la jornada, para el uso de actividades constantes que les retribuyan de alguna manera solvencia económica, como también reconocimiento y satisfacción personal”.

Es así como la especialista dice que los trabajólicos no sólo se vuelven adictos a sus quehaceres laborales por el hecho de reportarles más dinero, sino que además el solo hecho de estar ocupados les trae satisfacción, aunque esto les impida compartir y vivir una vida saludable en cuanto a lo personal y también lo social.
 
“Los trabajólicos no consideran ni tiempos ni horarios; sus jornadas laborales pueden extenderse y ellos no se dan cuenta, esto porque enfocan su mente netamente en sus actividades, siendo en ese sentido personas individualistas y muy autosuficientes”, afirma Massiel Romero.
 

De acuerdo a lo anterior, la psicóloga comenta que muchos de estos trabajólicos suelen presentar rasgos específicos y que son muy fáciles de reconocer. Así, menciona como claros ejemplos a aquellos que se sienten culpables si no están trabajando, a quienes siempre están conectados con lo laboral (incluso en horarios y situaciones insólitas) y a esos que encuentran que las vacaciones o la diversión son una “pérdida de tiempo”.

Para Massiel, un adicto al trabajo va siendo consumido por él y al respecto dice que “con el paso del tiempo es tanta la necesidad de responder a todas las tareas que se le asignan, que la persona al final se va creyendo el cuento y esto se potencia aún más cuando el entorno le hace saber que es bueno, capaz y el único que puede resolver los conflictos”.
 
El trabajo llena vacíos y tapa carencias
 

“Trabajar en exceso puede ser un mecanismo de defensa”, indica la profesional quien agrega que muchas de estas personas recurren y se refugian en interminables actividades laborales con el fin de no pasar con la pareja, dedicar tiempo a sus hijos o someterse a la resolución de conflictos familiares.

En ese sentido dice que en algunos casos, los trabajólicos no paran hasta que pasan por experiencias límites – colapso nervioso, estrés, infartos, entre otros – o hasta que sus vidas personales se ven mermadas ya sea con el término del matrimonio, peleas irreconciliables con los hijos, la frase “para de trabajar” resonando en sus cabezas, etcétera.
 
 
Para la psicóloga, escaparse de los problemas personales mediante el trabajo excesivo es igual a hacerlo con otros elementos como las drogas o el alcohol. Es por eso que dice que cuando se habla de “adicción al trabajo”, hay que tomarlo muy en serio, pues es realmente un exceso que debe ser controlado, a pesar de que en nuestra sociedad ser trabajólico sea considerado casi una virtud.
 
Ser adicto al trabajo puede llevar a las personas a experimentar con fármacos para poder rendir más. En ese sentido, una adicción puede llevar a otra, convirtiendo la situación en un círculo vicioso a veces difícil de controlar.
 

Otro problema que muchas veces es suplido por el exceso de trabajo es la carencia de autoestima. Para Massiel Romero este tema es bastante recurrente y lo explica diciendo que hay personas que no se valoran lo suficiente a sí mismas y es por eso que acceden a sobrecargas de trabajo aún cuando no las quieren.

En ese sentido, la especialista afirma que estas personas son fácilmente reconocibles, pues se trata de aquellas que difícilmente dicen que no a las peticiones de los demás. Es por eso que reitera acerca de la importancia en el autoconocimiento y en el reconocerse en cuanto a las necesidades y también límites a veces necesarios para llevar una buena calidad de vida.
 
Chilenos: ¿obligados a ser trabajólicos?
 

No estar satisfecho con el sueldo que se gana, obliga a muchas personas a realizar horas extra en la oficina o a buscar otras fuentes de ingreso que les permita poder sumar unos pesos más a fin de mes. Es así como muchos están - por así decirlo - obligados a ser trabajólicos, porque de lo contrario no podrían satisfacer sus necesidades económicas de manera positiva.

Otro caso es el que viven algunas personas que son incentivadas por sus jefes, quienes les ofrecen más dinero o algunas regalías a cambio de que pasen más de las horas legales dentro de la oficina.

En ese sentido, la psicóloga siente que más que trabajólicos, los chilenos estamos sometidos a jornadas laborales demasiado largas y donde no se aprovechan las horas del día. Por lo tanto, menciona, lo que podría traducirse en productividad, se transforma finalmente en pérdida de tiempo y poca eficiencia.
 
En 2001 un estudio suizo nos consideró el país más trabajólico y en 2009 los países vecinos nos vieron como “un país de trabajólicos e individualistas”, lo que difiere un poco de nuestra realidad, pues aquí estar sentado todo el día tras un escritorio no significa eficiencia. ¿Cómo lograr entonces la productividad sin colapsar?
 

Lo que al parecer en nuestro país no se entiende, dice, es que hay horas del día y épocas en el año en que somos más o menos productivos. “Todos deberíamos tener momentos para descansar en que tanto el cuerpo como la mente se relajen”, advierte.

Es así como indica que momentos como el que viene después de almuerzo, los lunes por la mañana o minutos antes de llegar el término de la jornada son para muchos instancias de cansancio, ansiedad y donde cuesta retomar las actividades, a su juicio, “horas perdidas” de trabajo.

Para la especialista sentir el apoyo de la familia y en general de las redes sociales que rodean a este tipo de personas es esencial para sentirse igualmente valoradas – como se sienten en el trabajo – y donde tengan espacios para reencontrarse con ellas mismas, sus gustos, pasatiempos, etcétera.

Lo anterior tiene que ver con que los trabajólicos poco o nada saben de qué hacer con ellos mismos sin el trabajo de por medio. “Un adicto al trabajo cuando queda cesante pierde el sentido y no sabe finalmente para qué es bueno. De allí surgen trastornos como los del sueño, la ansiedad, el estrés, depresión, etcétera”, concluye.
 
Una película que retrata qué es lo que puede suceder con una persona cuando se entrega por entero a su trabajo es “El diablo viste a la moda” (The devil Sears Prada).
 
 
Otro filme es “Como si fuera cierto” (Just like heaven), comedia romántica que muestra a una médico que dedica su vida entera al trabajo hasta que le ocurre un accidente que la hace cuestionarse acerca de lo que perdió por no haber disfrutado.
 
 
Punto Vital Febrero 2011 ©
 
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