Luego del estudio realizado por ocho años a partir de un seguimiento médico a una muestra ponderada de 13.054 habitantes de la comuna de San Francisco de Mostazal, en edades que fluctúan entre los 20 y 90 años se anotó el valor predictivo de estas alteraciones, resultando de esto, datos muy interesantes que coinciden con el objetivo del estudio: detectar enfermedades crónicas no transmisibles.
Koch afirma que gracias a este seguimiento se pudieron detectar enfermedades en personas que aún no estaban al tanto de su condición, permitiéndoles el sometimiento a tratamientos en forma temprana y prevenir a otros que estaban en etapa de riesgo de padecer de algunas afecciones.
Así, al dividir los centímetros de cintura y estatura, el resultado no debiera sobrepasar el valor de 0,55; si este número aumenta, el paciente ya debiera tener en cuenta una visita al médico, pues se trata de una zona de alto riesgo metabólico. “Puede tratarse de hiperinsulinemia, resistencia a la insulina o alteraciones metabólicas como la diabetes. También puede haber un alza en la presión o alteraciones en el nivel del colesterol”, agrega el profesional.
Los resultados arrojaron que la detección de enfermedades crónicas utilizando los distintos índices de obesidad es más precisa en hombres que en mujeres. El investigador explica que esto se debería a diferencias en la morfología de la obesidad en la población femenina. La dificultad en su medición estaría en la homogeneidad de la distribución de grasa en sus cuerpos, el que a medida que avanza el tiempo olvida aquellas formas de ‘pera’ o ‘manzana’ para dar paso a la del ‘barrilito’.
El científico señala que una hipótesis de esta diferente morfología de la obesidad, se relaciona con la mezcla de genes mapuches y europeos que poseemos los chilenos. De esta forma, cuando nuestro continente fue conquistado, la mayoría de los colonos que arribaron eran hombres, por lo que el gen Y fue el imperante, dejando el traspaso del gen X a las mujeres indígenas del territorio.
“Esto puede haber determinado una diferencia importante de estatura entre hombres y mujeres”, resalta Koch, lo que se traduce en más de 12 centímetros de diferencia, siendo 155 cm. el promedio para el sexo femenino y l67 cm. para el masculino. Para el epidemiólogo, estos números son bajos comparados con las poblaciones caucásicas y los pocos centímetros de estatura de una población también tienen mucho que ver con el estilo de vida y el desarrollo durante las etapas tempranas de los individuos.
“Si la estatura aumenta un poco, quiere decir que hay desarrollo de la población con mejor alimentación de tipo proteica y una mejor calidad de vida”, agrega Koch antes de comentar otra de las hipótesis que intenta responder al por qué de la obesidad abdominal: la teoría del fenotipo frugal o ahorrador que se desarrolla desde la vida intrauterina y que hoy se denomina “programación fetal”.
El epidemiólogo manifiesta que en estudios internacionales, se ha visto que la baja estatura tiende también a ser un factor de riesgo para adquirir enfermedades crónicas, lo que podría explicarse con la exposición – desde el vientre materno hasta la infancia temprana – a condiciones de vida adversas, lo que llevaría al individuo a generar energía o recursos para sobrepasar momentos de tensión, que luego se traducen en grasa almacenada en el sector visceral.
Para Koch, la continuidad en ese estilo de vida luego de nacer y por medio de la abundancia en la que vivimos actualmente (alcohol, tabaco, sedentarismo, alimentación hiper-calórica o hiper-grasa, falta de sueño y estrés), desencadenaría el desarrollo de obesidad abdominal. Por esta razón, el científico chileno indica que este fenotipo sería el de más riesgo para formarla, es decir, “ser bajito, estresado y gordito de abdomen. Esa persona es la que posee mayor riesgo y hoy, este fenotipo se incrementa peligrosamente en la población chilena”, advierte.
De esta forma, el investigador concluye señalando que la obesidad visceral es una enfermedad multifactorial y no sólo una patología que se produce a partir de una mala nutrición y sedentarismo. “Gran parte del riesgo de llegar a ser un obeso abdominal se programa en etapas tempranas y luego, a través de los estilos de vida de la abundancia, el síndrome se desarrolla apareciendo con él la diabetes, la hipertensión y la dislipidemia, entre otros”, recalca.
A las recomendaciones permanentes que se hacen para combatir la obesidad – ejercicios, vida saludable y buena alimentación – lo novedoso del estudio apunta a la protección del embrión durante el embarazo y a los niños en sus primeros años de vida, “en el fondo queremos prevenir el desarrollo del fenotipo ahorrador y que la obesidad no se programe durante la vida temprana. Hay que educar a las madres para que tengan un proceso de gestación agradable, minimizando el estrés, ya que todo eso influye”, sentencia Koch.
Durante este año y gracias al financiamiento de la Fundación Araucaria, con sede en California, Estados Unidos, los científicos proseguirán sus estudios en la zona de la Sexta Región y examinarán a la población con el fin de ver cuáles fueron las enfermedades cardiovasculares que se presentaron durante este tiempo y el impacto de tener una baja estatura sobre ellas. |