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Dijeron que el terremoto cambiaría nuestra percepción de las cosas. A dos años, ¿qué ha pasado?

Atrapados en los hábitos mentales

Este mes se conmemoran dos años desde aquella madrugada del 27 de febrero en que la tierra se movió para la gran mayoría de los chilenos. Al estrés post traumático inicial siguió una especie de espiritualidad que prometía cambiar ciertas actitudes a la que estamos acostumbrados. ¿Qué sucedió en el camino?
 
Carla González C.

A pesar de que ya han pasado dos años desde el “27-F”, los chilenos aún recordamos – ya sea por palabras como reconstrucción, localidades como Iloca, Curanipe y Cobquecura o por las distintas imágenes que se nos han ido quedando grabadas – cada uno de los detalles del terremoto, dónde nos encontrábamos esa noche, qué sentimos los primeros segundos de movimiento, quiénes estaban a nuestro lado, etcétera.

Fue ese mismo suceso, cuyos destrozos provocaron innumerables pérdidas, donde muchas personas hicieron casi por obligación un alto en sus vidas para replantearse cosas como la importancia de la familia, el impacto que puede provocar la pérdida de lo material y el valor de la vida, la que la mayoría de las veces pasamos por alto hasta que nos toca vivir algún evento como éste.

Desde allí y luego del shock inicial, vino una suerte de giro en la percepción de la gente con respecto a su relación con los demás y sobre todo con lo material. Las conversaciones acerca del tema eran casi obligatorias, quizás anduvimos un poco más pausados que de costumbre, varios se dieron cuenta de que a su lado había otra persona con más necesidades, otros valoraron más a sus cercanos, entre otras reflexiones.

Todo parecía ser el inicio de un cambio, donde en este caso los chilenos teníamos la oportunidad de mejorar ciertas conductas que lamentablemente afectan al ser humano en general (codicia, falta de humanismo, individualidad, etcétera) y desde allí surgieron muchos comentarios acerca de cómo ésta era de alguna forma una oportunidad para ser solidarios y conscientes de lo que sucede más allá de nuestro hogar.

“Una vivencia tan fuerte como ésta, es una oportunidad única de reenfocar, re-significar nuestra vida, por eso lo peor que podría pasar es que volviéramos a la “normalidad”, a las mismas “neuras”, estilos de vida, formas de relación, estados ansiosos, apegos, círculos viciosos emocionales y mentales que nos generan aflicción a nosotros y a nuestro entorno, es decir que no hubiera ningún cuestionamiento personal o social y todo siguiera “como siempre””. (Reflexión de la antropóloga Patricia May en su sitio web.

Y justamente lo que menciona la antropóloga es lo que lamentablemente pareciera haber ocurrido con los chilenos. Dos años después, el terremoto pareciera haber sido sólo parte de una traumática experiencia que dejó huella permanente en quienes fueron más afectados, pero para el resto de las personas sólo algo que no quisieran volver a repetir. Aquella percepción que se respiraba en el aire pareciera haberse esfumado en la mayoría.

Aferrándonos a una ilusión

La psicóloga y facilitadora de Mindfulness, Bárbara Porter, menciona al respecto que “cuando ocurre un acontecimiento como éste, se da una especie de shock colectivo porque los seres humanos tratamos de vivir con certezas y la seguridad en ese sentido se establece como una necesidad básica”.

Entonces, prosigue, “cuando ocurre un evento como el terremoto, que fue de tal magnitud y que afectó a muchísima gente, la sensación de inseguridad y de estar en peligro genera una reacción muy potente la que se traduce en una reacción inmediata de tratar de ayudarnos a sobrevivir a este shock”.

De esta manera, la terapeuta afirma que a la primera reacción – un evidente estrés post traumático, pánico y temor a las réplicas – fue posible de sobrellevar mediante diversas herramientas que iban desde lo más cotidiano, es decir, conversar, acompañarse y sentir alivio y complicidad con el otro al intercambiar experiencias hasta la llamada “intervención en crisis”, donde lo básico explica es “hablar del tema y ponerle palabras al trauma para generar así un poco más de control” sobre el hecho traumático en sí.
 
 
Según menciona la psicóloga Bárbara Porter, vivimos en una constante ilusión, teniendo la seguridad de que todo en nuestra vida es y será permanente. Entonces, cuando sufrimos un “remezón”, nos cuestionamos, valoramos más lo que tenemos, le otorgamos más importancia a las relaciones humanas que a las materiales, etcétera.

Pero, ¿por qué el valor de la vida toma un rol preponderante en este tipo de eventos y no todos los días? Para Bárbara Porter esto tiene relación con que “los seres humanos tendemos a vivir dentro de un yo engañado, creemos que las cosas son estables y nos cuesta darnos cuenta de que en realidad no son permanentes”.

En ese contexto menciona que aquello “es una fuente muy grande de sufrimiento porque tratamos de vivir la vida pensando en que las cosas son permanentes, que estamos vivos y damos por sentado que las cosas van a seguir relativamente iguales. Pero cuando ocurre un hecho como el terremoto, nos enfermamos o tenemos un accidente todo lo anterior, esas certezas de las cuales nos aferramos, se tambalean porque en realidad son una ilusión. Nada es constante”, asegura.
 
Los hábitos mentales mandan

Lo interesante en este tema es que luego de la catástrofe y de habernos cuestionado por meses acerca de cómo estamos viviendo nuestra vida, pareciera que la sensación de recogimiento va desapareciendo para volver al ajetreo diario y a la rutina estresante.

Para la facilitadora de Mindfulness, “los hábitos mentales son súper fuertes, entonces estas crisis que producen un crecimiento sostenido en algunas personas, en otras – quizás en quienes vivimos la catástrofe de manera más periférica – el pensamiento habitual vuelve a instalarse porque nos resulta cómodo y nos hace sentirnos seguros vivir de esa manera”.

Según cuenta, “hay una cosa súper potente en la cultura occidental y que es negar la muerte asegurando que no es parte de nuestra vida y de hecho nos incomoda mucho hablar de ella; nos complicamos al estar junto a una persona enferma o que está pronta a morir. En otras culturas, eso es algo que está incluido en la vida, es parte de ella”, sostiene.
 
“Dentro de cada ser humano existe sabiduría y bondad incondicional, las que están tapadas por capas de ignorancia que son en el fondo los patrones habituales que vamos adquiriendo para funcionar en el mundo y no es que estos sean malos, pero el tema es cuando ellos ocupan todo el espacio, bloqueando el lugar a cualquier otra cosa”, menciona Bárbara.

De esta forma, dice que al cuestionamiento le siguen casi de inmediato los hábitos mentales a los que estamos acostumbrados, “aferrándonos nuevamente a las certezas y funcionando otra vez desde ahí”.

Para explicarlo fácilmente, la psicóloga afirma que estos hábitos mentales podrían asemejarse a los alimenticios, específicamente en el momento en donde el individuo decide hacer dieta y ejercicios. Sin embargo, el entusiasmo desde la voluntad de hacer el régimen suele durar un rato, pero los hábitos instalados por 20, 30 o 40 años son tan fuertes que tienden a aparecer de nuevo”.

Es así como explica que “con la mente pasa lo mismo porque está habituada por años a operar de cierta manera, entonces des-aprender lo aprendido (proyectarse en el futuro, no vivir el presente, operar desde ciertas certezas) debe ser parte de una disciplina, ya que los patrones mentales están tan instalados que para poder desactivarlos se requiere práctica”, dice.

Para Bárbara, el hecho de que la sensación post terremoto haya durado no más de un año inserto en la sociedad chilena está relacionado no sólo con nuestro país sino con todo ser humano. Al respecto, dice que “tendemos a volver a nuestro espacio de comodidad porque esos son los hábitos a los cuales estamos habituados y siempre la persona velará por la satisfacción de sus propias necesidades y las de su entorno, antes de ir al servicio de los otros”.

Lo anterior, agrega, “tiene que ver con lo que se llama ignorancia básica y es cuando pensamos que nosotros terminamos donde termina nuestra piel; que somos sólo nosotros y que estamos separados del resto, entonces mientras yo esté bien el resto por decirlo de alguna forma, me da lo mismo, una ilusión más pues tal como postula el budismo, estamos todos conectados”, señala.

Para cambiar esta actitud, comenta que la práctica de la meditación y trabajar para vivir el momento presente son fundamentales. Ambas dice, “van despejando esa separación ilusoria entre uno y los demás. No es que uno diga voy a meditar para ser mejor persona, pero sí por el solo hecho de practicar, va a brotar naturalmente esta sabiduría innata que todos tenemos y ella te llevará naturalmente también a ocuparte del otro, vivir el hoy y no mantenerse aferrado sólo a lo que me gusta y rechazar todo el resto”, manifiesta.

La responsabilidad del cambio, dice, no está en manos de otro terremoto sino que es totalmente personal. “Uno no puede esperar a que los otros cambien si uno no lo hace. Que sea algo natural en el ser humano no es disculpa”, concluye.

 
Punto Vital Febrero 2012 ©