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Toda persona adulta tiene una gran influencia de su madre
 
Igualito (a) a tu mamá
Querámoslo o no, en todos nosotros hay mucho de nuestras madres. Lo malo es que algunos se impregnan de ellas en forma exagerada y ven sus vidas muy influenciadas por la figura materna, cosa que puede traerles muchos problemas en la vida adulta.
 
Carla González C.

En este artículo, no queremos demonizar la imagen materna ni cuestionar el gran desempeño de estas mujeres, pero hay que convenir en que son muchísimas las personas que durante la edad adulta sienten cómo la relación que tuvieron con sus mamás ha influido de tal manera en que no pueden desenvolverse en forma libre sin sentir que hay algo de ellas entremedio.

Al parecer es tal la huella que dejan las madres en un hijo, que el desarrollo emocional del individuo se ve fuertemente moldeado por ella – consciente o inconscientemente – en conductas que han sido incluso motivo de estudio de profesionales especialistas en relaciones humanas.

Uno de ellos es el psicólogo y experto en relaciones familiares estadounidense, Stephen Poulter, quien escribió el libro “The mother factor: how your mother’s emocional legacy impacts your life” (“El factor madre: cómo el legado emocional de tu mamá afecta en tu vida”), texto que justamente habla acerca de cómo la madre ejerce influencia sobre sus hijos en los ámbitos relacionados con la conducta y las emociones.

El autor mencionó al respecto en una entrevista con el diario El Mercurio en 2008 que “nuestras madres pueden ser nuestra primera experiencia de amor, pero dependiendo de su conducta, puede hacernos más necesitados, ansiosos, irascibles o depresivos, cualidades que impactan en nuestro éxito laboral y en las relaciones sociales”.
 
La publicación de Stephen Poulter se identifican cinco “maneras de ser madre”; la perfeccionista, la que actúa como mejor amiga, la mamá “yo primero”, la impredecible y la madre completa”.

A partir de este tema, el psicólogo clínico y psicoterapeuta Patricio Venegas Marín (www.psicoterapeutas.cl) comenta que la mayoría de las personas cita poco a su madre, dejando con esto de lado la posibilidad de que sea a causa de ella el por qué de nuestra forma de actuar y de ser.

Al respecto de la realidad en Chile, el terapeuta dice que lamentablemente somos un país donde sus hombres y mujeres al parecer tienen muy mala memoria y por ende, olvidan de dónde provienen sus primeras enseñanzas, cosa que según sus palabras no sucede en otras latitudes. “En otros países la gente cita harto a su mamá y recuerdan que de ella aprendieron tal cosa o que intentan no cometer los mismos errores para no parecérsele”, etcétera.

Mamás miedosas

El psicoterapeuta comenta que a través de su experiencia, ha podido ver que “la mayoría de las madres chilenas permanentemente le está metiendo a sus hijos en la cabeza que todo es peligroso y que el riesgo siempre está presente”.

De esta manera dice que mientras “una madre chilena ve a su hija pequeña correr y lo primero que le dice es cuidado que te vas a caer, una madre en Europa ve al niño correr y no le dice nada y junto con eso piensa: ojalá que sea un atleta o un maratonista reconocido”.

Con el ejemplo anterior, Patricio Venegas intenta explicar que en este caso, las mamás chilenas se encuentran en un constante viaje entre dos errores. El primero es creer que todo reviste un peligro inminente y lo segundo es manifestarle esto a su hijo.

 

“Es como cuando le sirven al niño la leche muy caliente y lo primero que le dicen es cuidado con quemarte. ¿Por qué entonces le sirven la leche caliente para advertirle luego?, ¿su hijo es tonto? Y luego le llaman la atención porque se demora mucho en tomársela”, manifiesta.

“Las madres chilenas cometen muchos errores, uno de ellos es que les cuesta mucho buscar la forma de potenciar a los hijos”, dice Venegas y agrega que muchas creen que “son tontos”, etiqueta que claramente los acompañará por muchos años.

Con respecto al por qué de esta conducta, el psicólogo dice que obedece a una actitud que tiene que ver con cómo se muestran las madres y cómo realmente son. Así, dice que “mientras demuestran ser súper preocupadas y aprehensivas, por dentro son muy cobardes y temerosas”, cosa que provoca que los niños guarden estos registros, los que – quiéranlo o no - quedarán impresos en su vida.

“Con esto, los niños desde muy chicos comienzan a volverse locos porque claro, si quiere estudiar tal carrera se lo impiden porque es muy difícil, caro y el entorno no es para él; si el adolescente dice que no quiere estudiar, se escandalizan preguntando el por qué de su decisión, que sin eso no sabrá cómo ganarse la vida, etcétera”, manifiesta.

Los sobreprotegidos son unos enfermos

La sobreprotección que recibieron por parte de sus madres en la niñez es otra de las huellas que queda marcada en muchos adultos. Para Patricio Venegas, esta conducta y sus consecuencias son muy interesantes y al respecto dice que “las madres sobreprotectoras y excesivamente cobardes y temerosas, pero que no lo demuestran – y ahí está la clave – tienen hijos en general con mayor cantidad de enfermedades psicosomáticas, esto por inculcarles la necesidad de protegerse del mundo”.

Esto, añade, se puede percibir gracias a la manera en que comunican su exceso de protección, pues lo hacen con “frases bastante patológicas como no es que me preocupe por ti, pero vuelve temprano de la fiesta o no es que te diga que tus amigos son malos, pero creo que sería mejor que cambiaras de amistades, no quiero decir que te irá mal en el examen, pero te he visto estudiar poco”, entre otros.

 

“Si uno se pone a pensar como un niño de 8, 10 ó 12 años, en realidad están recibiendo un doble mensaje: ¿me están diciendo tonto o no?”, expresa Venegas y esto claramente es una señal que luego se hará patente en la juventud y la adultez con señales como la debilidad, la poca capacidad de tomar decisiones y la dependencia, entre otros.

La diferencia entre hijos e hijas

A nadie se le enseña a ser madre y tampoco se nos enseña a ser hijos y por eso, las relaciones se van construyendo de a poco, con el paso del tiempo y las experiencias. Ahora, hay que tener claras las diferencias entre hijos e hijas, pues el género también incide en la relación con la mamá y por lo tanto, las consecuencias también serán diferentes.

Al respecto, Patricio Venegas afirma que la mayoría de los hombres son muy apegados a la figura materna y eso provoca que muchos de ellos en su adultez sean tildados con sobrenombres como “pollerudo” o “mamón”, esto por no hacer nada sin antes consultar la opinión de su mamá, persona de la cual tomaron el modelo de mujer.

Son ellos, asegura, quienes después tenderán a “buscar mujeres dominantes y que toman más la iniciativa que ellos mismos para después (y esto es lo patológico), joderlas el resto de la vida y decir que son ellas las mandonas y no ellos los débiles”, asevera.

En el caso de las mujeres, éstas tienen una relación diferente con su madre. En este aspecto, el profesional dice que “aquí ocurre algo muy raro, por lo menos en las chilenas, donde la generalidad de ellas no se lleva bien con su mamá; no es que no la quieran, pero siempre hay una especie de rivalidad con ella”.

El por qué de esto es explicado por Venegas quien afirma que lamentablemente, “las mamás chilenas son muy entrometidas y siempre se están anticipando a todo”, provocando con esto que haya una nula experimentación por parte de sus hijos. “En la vida no todo es peligroso ni complicado. La vida se realiza descubriendo”, sostiene.

A pesar de estas diferencias, afirma que “lamentablemente ambos tipos de relación cada día se parecen más y por eso hay tanto hombre afeminado, en el sentido que no toma decisiones, no se arriesga ni se atreve a nada. Siempre está al alero de la polola, la pareja, la amante o la esposa”, dice.

Las madres no dejan que sus hijos sufran

Por último, el especialista sostiene que también hay un tema importante con la aversión que las madres tienen al dolor de sus hijos. “Ellas aguantan mucho, pero no dejan que el hijo o la hija sufra” y eso para él es sinónimo de una “institucionalización de la victimización”, lo que claramente será recepcionado por los hijos, quienes luego repetirán el patrón de “la madre sufrida” en la adultez.

“Todo esto, creo, le ha hecho muy mal a por lo menos las últimas dos generaciones de chilenos, porque ahora el niñito no puede tener dolores y la niñita menos, sino le enchufamos pastillas”, dice.

El tema del apego para el psicólogo no es más que un factor utilizado por la madre para crear un ser dependiente y con miedo al mundo. La idea, dice, es que la mujer en ese proceso haga parte al resto de la familia y no sea sólo ella quien acapare la atención de la guagua.

Con esto, el psicoterapeuta concluye mencionando que esto de tener al dolor como tarjeta de presentación hace que los hijos e hijas luego, “se ganen la vida con dolor, trabajen con sufrimiento y vivan su sexualidad también con problemas; en definitiva, la vida se les vuelve sufrida, porque cuando se es hijo y se tiene padres sufridos es muy difícil volverse un gozador y experimentador de la vida”, afirma.

Para el profesional, las madres que funcionan bien son aquellas que “mezclan muy bien la protección con la libertad; el cariño con la autonomía; la confianza y una enorme responsabilidad hacia el ser humano que están criando”. En ese sentido dice que esto no es difícil de lograr y que la idea es atreverse confiando y también atreviéndose a fracasar.

Punto Vital Septiembre 2013 ©
 
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