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A pesar de que nos consideramos un país caritativo, al parecer estamos muy lejos de serlo

Chile, ¿país solidario?

Participamos en las colectas, somos fieles a campañas como la Teletón, si hay una catástrofe ahí estamos para ayudar y nos conmovemos ante las tragedias que aparecen en los noticiarios. Todo lo anterior nos hace autodenominarnos un país solidario, pero ¿es realmente así?
 
Carla González C.

Estamos acostumbrados a escuchar que los chilenos somos solidarios, que siempre estamos dispuestos a ayudar a quienes más lo necesitan y que no dudaremos en dar una mano en momentos difíciles, sobre todo si afectan a gran parte de la población.

También dicen que lo de buenas personas es gracias a que estamos acostumbrados a vivir tragedias colectivas; terremotos, tsunamis, accidentes automovilísticos, aludes, etcétera son parte de nuestra historia y por eso, campañas como “Chile ayuda a Chile” son tan exitosas como la de la Teletón, donde todos sufrimos hasta el último minuto cuando por fin se llega (o sobrepasa) la meta. Sólo ahí volvemos a confiar en que éste es un país de gente caritativa.

A pesar de todo aquello vivimos paralelamente y por todo el resto del año en la individualidad y la desconfianza máxima. Nos cuesta mirar más allá de la puerta de nuestra casa y ni hablar de concederle algunos minutos a otras personas (más si es “diferente” a uno), integrarse en la sociedad o hacer al menos el intento de entender al otro en cuanto a sus valores y pensamientos propios se refiere.

Entonces, ¿somos o no solidarios los chilenos? Para el sociólogo de la Universidad de Chile, Alberto Mayol, la respuesta es clara: no. Pero antes de explicar el por qué de su categórica respuesta, dice que es necesario saber que la palabra solidaridad puede ser vista desde dos acepciones, una proveniente de la sociología y otra, desde lo coloquial.

De esta manera, dice que mientras la sociología ve a éste como un concepto que “habla de la integración social y no de portarse bien con el en términos éticos, sino de la incorporación del otro desde un punto de vista que incluye lo ético y mucho más (sistemas de valores, normas, condiciones económicas, etcétera), convencionalmente se ve como algo que “proviene fundamentalmente de la matriz conceptual cristiana y que establece que la solidaridad es caridad, apoyándose en la idea de la ayuda para aquel que sufre”.

Para el sociólogo, esta última idea de solidaridad “empobrece el término porque establece que ésta se da desde arriba hacia abajo, cuando en realidad puede darse en todas las direcciones”.

De acuerdo a lo anterior, Alberto Mayol dice que “objetivamente es muy obvio que los chilenos no somos solidarios y no sólo con respecto a la primera acepción, sino que tampoco a la segunda, esto pues tenemos la tendencia a tener fiestas, fechas y eventos caritativos en los cuales se despliega la misericordia, pero la verdad es que si lo pensamos bien, las fiestas se realizan justamente para hacer lo contrario a lo normal. Por lo tanto si tenemos fiestas caritativas es porque normalmente no somos caritativos. Si lo fuéramos todos los días, no necesitaríamos de fechas especiales”, asegura.

“El hecho de que tengamos fiestas tan trascendentes y que hagamos grandes homenajes a la caridad (circunscritos a un día) es porque no somos solidarios”, plantea el sociólogo Alberto Mayol.
 
Además, desconfiados

Desde hace 5 años, la Fundación Trascender y Collect GFK realizan un estudio nacional en el cual se muestra “una radiografía de la solidaridad de los chilenos”. La idea principal es que a través de esta investigación se conozca “la percepción que existe respecto del comportamiento de los chilenos en cuanto a la solidaridad, voluntariado y donaciones”.

Entre los datos obtenidos en el último estudio realizado en 2011, uno que llama la atención es aquel que indica por qué muchos chilenos no son solidarios (viéndolo sólo desde el punto de vista de la donación de dinero), porque no confían en la gente o instituciones que piden dinero.

Según cuenta la abogada y directora ejecutiva de Fundación Trascender, Valentina Insulza, lo curioso a su juicio es que si bien los encuestados coinciden – a diferencia de lo que postula Alberto Mayol – que Chile es un país solidario, “ellos a sí mismos no se ven como personas solidarias”. Esta percepción dice, “tiene que ver con que se entiende que ser caritativo va mucho más allá de dar dinero, con hacer voluntariado por ejemplo”.
 
     
En el estudio de Fundación Trascender se pudo observar que quienes entregan más de su tiempo para estar con los demás, son los sectores socioeconómicos C2, C3 y D. “Creemos que esto se da porque aquí hay un tema de empatía, cercanía al otro y más trabajo comunitario”, cuenta Valentina Insulza.

En cuanto al tema de la desconfianza, afirma que “más del 60% de los encuestados dice no conocer en qué se destinan los fondos a los cuales ellos aportan y un porcentaje importante también tiene como excusa la falta de tiempo para no realizar actividades como el voluntariado”. Con esto, la abogada sostiene que “aún Chile a pesar de que se autodenomina como un país solidario y lo es a la hora de donar dinero (93%), no lo consigue cuando se trata de prestar su tiempo, finalmente lo más valioso. Ahí sólo el 10% está dispuesto”, indica.

Para la directora ejecutiva de Trascender, “esta desconfianza tiene que ver entre otras cosas con centrarse sólo en uno y no en el otro y en las sociedades que cada vez más van tendiendo hacia ser más individualistas y por ende, más desconfiadas. Es una consecuencia de centrarme en mí mismo”, opina.

Alberto Mayol en tanto dice que “los chilenos tenemos el mayor índice de desconfianza interpersonal en el mundo, o sea, consideramos que todos los demás son unos agresores, vamos por la calle y pensamos que nos van a asaltar 5 veces al día, vemos un niño que tiene pinta de alguien de la pobla y pensamos de inmediato que es un delincuente, nos parece bien que un barrio sea homogéneo y no haya diversidad, segregamos, etcétera. Todo eso es parte de la integración social”, indica.

Para el sociólogo el problema es la falta de equidad. Según comenta, “cuando no hay igualdad, la desintegración es inevitable. Cuando tengo una vida que es completamente distinta a la de otra persona, ese otro no puede tener los mismos valores que yo y pedirle que los tenga sería una obscenidad”, afirma.

En esta misma línea, comenta que “es triste que no podamos tener los mismos valores y que no podamos compartirlos porque finalmente nuestras vidas son tan distintas que se hace imposible siquiera la posibilidad de diálogo. Esto hace que tomemos decisiones anticipadas y nos privemos de muchas cosas”.

En ese sentido, dice que es “triste tener que tomar la decisión de privarme de una experiencia porque hay una eventualidad de que acontezca algo que yo he construido como un pre trauma. Somos temerosos del futuro”, sostiene.

Por tal razón, continúa, “hay una incapacidad de mirarnos adecuadamente y de no banalizar el tema de la solidaridad, que no tiene que ver con que nos orientemos al otro ni ser buena onda. Puedo estar siendo solidario y gritándole a mi vecino; el punto es que soy más solidario en ese momento que cuando no le hablo. Obviamente seré aún más caritativo cuando intento coordinarme con él y llegar a un entendimiento”, explica.

Con esto, el sociólogo asegura que si bien no vamos a llegar a ser una sociedad como las que había antaño - en donde todos se conocían y había mucha más confianza – sí debemos entender que la solidaridad y la fraternidad tienen que ver con el hecho de entender que al otro lado hay alguien que tiene talentos y capacidades diferentes y con aceptar que nuestras diferencias son mínimas”.

En ese contexto es enfático al señalar que “los chilenos estamos convencidos de que para ser buenos debemos sacrificar nuestros intereses propios y resulta que para que las cosas funcionen en la sociedad, las personas tienen que hacer justamente lo contrario. No le hace bien a la sociedad que, por ejemplo, el sindicato no defienda a los trabajadores; lo que le hace mejor es que además de que los defienda, tenga una visión país y se preocupe de los problemas generales que afectan más allá del grupo de personas que representan”, dice.

Entonces, pregunta, “si viviéramos en una sociedad más justa, ¿sería necesario estar dando a los demás?” y frente a la respuesta, comenta que lo que nos hace falta es realizar cada uno un autoexamen y ver en qué situación con respecto a la solidaridad estamos. “Compartir más y escuchar al resto y no sentir esas cosas como una amenaza. En Chile hay ejemplos de solidaridad, sí, pero la gracia es que toda la sociedad se oriente hacia a la relación entre las personas”.

Punto Vital Junio 2012 ©
 
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